No me mires, por favor

Ansiedad social: qué es y cómo combatirla

Parafraseando la Wikipedia: “la ansiedad social ansiedad interpersonal es la ansiedad (incomodidad emocional, miedo, angustia, temor, tensión, aprensión o preocupación) que siente una persona en diversas situaciones sociales, donde interactúa con los demás, y en donde puede ser potencialmente evaluado, examinado o juzgado por otras personas”.

El principal temor de una persona con ansiedad social puede estar focalizado en su actuación (a parecer torpe, estúpido, incompetente o raro) o en mostrar síntomas de ansiedad (que los otros se den cuenta de que se pone rojo, tartamudea, suda, etc. y se burlen o le rechacen)

Cuando se da en grado elevado, hablamos de trastorno de ansiedad social (TAS) o fobia social.

Las personas con ansiedad social:

  • Suelen tener una aguda sensación de ser observadas y analizadas por la gente de su entorno. Creen que toda la atención de los demás está puesta en ellas: lo creen de forma exagerada. Suelen obviar que, la mayoría de veces, los demás  están ensimismados en sus propios problemas y, por suerte o por desgracia, no reparan tanto en uno.
  • Piensan que, en situaciones sociales, los otros/as descubrirán cosas que les harán sentirse humilladas, incómodas, avergonzadas y que, además, detectarán su vergüenza y su ansiedad y que, por ello, serán doblemente juzgadas. Les cuesta concebir que los demás puedan percibirles de forma mucho más benévola o amable (de cómo se ven ellas a sí mismas) o que, incluso, puedan albergar sentimientos positivos. Sólo ven sus carencias, sus “defectos” y los sobrevaloran, y se obsesionan con ellos.
  • Suelen evitar, si pueden, las situaciones sociales que les provocan mayor inseguridad (por ejemplo, hablar en público conocer gente nueva, bailar, etc.). Para cada persona, sus temores estarán más centrados en un tema o en otro. Por ejemplo, mientras que para A su mayor preocupación puede ser mostrar síntomas de ansiedad (ponerse roja, tartamudear, etc.), para otra puede ser su forma de comportarse (no saber qué decir en un momento dado, hacer el ridículo, etc.). Y su grado de evitación puede ir de leve a muy importante. Cabe añadir también que mientras la mayoría suelen ser muy conscientes de su problema, otros/as, a base de evitar y evitar, llegan a creer que no tienen problema alguno y buscan otras justificaciones para su aislamiento social (una supuesta dolencia física, falta de interés o de tiempo para hacer actividades sociales, etc.). Es como si alguien con fobia a volar, dejara de viajar en avión diciendo, supongamos, que lo hace para no contaminar tanto y, a base de repetírselo a sí mismo, al final, se acabara creyendo que no tiene fobia alguna.
  • A fuerza de evitar situaciones sociales, en mayor o menor medida como hemos dicho, la persona acaba teniendo menos habilidades sociales. Y este hecho refuerza su creencia de inadecuación, de no saber interactuar con los demás.
  • Suelen tener una sensación de “transparencia”. Se sienten como si los demás pudieran leerles la mente y darse cuenta, automáticamente, de todos sus miedos, inseguridades y fantasías, de sus secretos más recónditos en un momento dado; y ellos/as quedar, por decirlo de alguna manera, con “todas sus vergüenzas al descubierto”. Pero, la realidad es bien distinta: si bien es cierto que los demás pueden observar nuestra conducta o nuestras reacciones fisiológicas y sacar sus propias conclusiones, jamás de los jamases podrán conocer “a ciencia cierta” el contenido de nuestra mente si nosotros no lo revelamos. Por ejemplo, si una persona se pone colorada o tartamudea en una situación determinada, quienes la observen podrán pensar que es tímida o insegura, o que se ha sentido intimidada, etc. pero no pueden saber qué está pasando exactamente por su cabeza y qué siente. En otras palabras, pueden ver la “fachada” pero no lo que hay en el interior.
  • Están excesivamente centradas en el momento presente. Creen erróneamente que los demás van a juzgar toda su personalidad por un error o torpeza puntuales (que, en la mayoría de casos, además no será tan grave como la persona imagina). Olvidan que todos/as nos formamos una imagen de los demás por el conjunto de conductas y actitudes que hemos observado de ellos/as a lo largo del tiempo y que no solemos cambiar de opinión por un hecho puntual. Y olvidan también que en este conjunto de rasgos por el que todos somos valorados, se incluirán también con toda probabilidad cosas positivas. Por ejemplo, alguien puede pensar de otro/a que es tímido, raro, etc. pero, al mismo tiempo, puede pensar que es muy sensible, o/y muy buena persona, o/y muy guapo/a, o/y muy inteligente, etc.
  • Suelen tener un crítico interno muy duro, y lo proyectan en los demás. Es decir, creen que los demás los juzgarán con la misma dureza.

Dejo, de forma muy resumida (trataré ese tema más adelante con mayor detalle) algunas SUGERENCIAS básicas para superarla:

  • Afrontar gradualmente, en lugar de evitar, las situaciones que nos intimidan.
  • Aprender a suavizar nuestro crítico interior, a hablarnos a nosotros mismos con más amabilidad y comprensión.

Para ilustrar la primera propuesta –afrontar en lugar de evitar- os dejo una anécdota de un psicólogo famoso, Albert Ellis, creador de la Terapia Racional Emotiva:

Confiesa él mismo que cuando tenía unos 19 años y era, un chico tímido y vergonzoso, no se atrevía a acercarse a ninguna chica para hablar o pedirle una cita. Pero, al terminar la universidad, se planteó que no podía seguir así y se propuso superarlo acudiendo cada día del mes de Agosto a un parque cercano, sentarse en un banco al lado de una chica y obligarse a hablar con ella, y… ¡hacerlo en 100 ocasiones!

Se propuso, además, “coger el toro por los cuernos” y hablarle antes de que transcurriera un minuto, porque demorarlo más tiempo le provocaba todavía una mayor ansiedad.

Los resultados fueron que de todas las jóvenes abordadas, 30 de ellas se fueron inmediatamente y las restantes se quedaron y hablaron con él, primero de temas más superficiales, luego –algunas veces- de cuestiones más personales.

De todas ellas sólo logró una cita para quedar otro día, y… no se presentó (debía haberle pedido el teléfono, pensó después).

¿Un fracaso? ¡Nooo!, para nada. El beneficio de todo ello fue que, a partir de entonces, perdió su miedo a hablar con mujeres.

Más adelante utilizó estrategias similares con su temor a hablar en público.

Lecturas recomendadas:

  • Yo no valgo menos, de Olga Castanyer
  • Manual práctico para el tratamiento de la timidez y la ansiedad social, de Martin M. Antony y Richard P. Swinson.

NOTA IMPORTANTE: Elblogdejoseplanas ha pasado a llamarse Psicologiayautoayuda.blog. Eso no afecta a la suscripción. 

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